Atila Karlovich: "“Tradujimos antología al quichua santiagueño, para demostrar lo versátil que puede ser la lengua”

 


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Entrevista: Lilián Arias y Carlos Graneri

Texto: Lilián Arias

           Atila Karlovich camina desprovisto de todo apuro hacia nosotros, un morral cruzado –propio del litoral argentino- juega con su estilo. Su acento lo delata no es porteño, de madre suiza y padre colombiano nació en Bogotá (Colombia) en 1953, estudio filosofía y letras (filosofía, filología hispánica y germánica) en la universidad de Zurich. En la actualidad, está radicado en la Argentina, es miembro de la Asociación de Investigadores en Lengua Quechua (ADILQ) y trabaja en el marco del Curso de Introducción al Quichua Santiagueño del Instituto de Lingüística de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

De regreso

 Uno llega a ciertas cosas en la vida, a veces sin habérselo propuesto”.  Después de haber obtenido su título universitario Atila Karlovich quiso hacer otra cosa. Trabajó en un banco y con el Credit Suisse desembarcó en la Argentina, pero “esas cosas duran un tiempo, después uno se aburre”. Su nivel de vida fue muy bueno, “el mejor” según recuerda, “pero dedicar la vida a que los ricos sean mas ricos… no satisface”. Ese tiempo terminó a fines de los noventa, cuando su esencia se reveló, regresó como un tsunami y comenzó a buscar… a buscar algo, a buscarse. Un día pasó por el Centro Cultural Rojas y vio el listado de los cursos, “estaba entre macramé y teatro japonés”. Entonces, su esencia ganó la batalla,  “pensé que sería bueno estudiar algún idioma” y supuso: “el quichua debe ser mas fácil”.

Quichua

¿Cuáles eran sus expectativas de estudiar una lengua aborigen?

Me inscribí con la idea de saber como funcionaba un idioma no indo-germánico. Pensé que iba a terminar ahí, pero tuve la suerte de encontrarme con Mercedes Palacios, una señora ya mayor, maestra, muy buena pedagoga, y me enganchó. Pasé un año muy interesante en ese curso. A fin del año me dijo que me iba a llevar con su profesor, Mario Tebes, que estaba en la UBA. Me presentó y tuve un clic muy bueno, entonces seguí con él, pronto comenzamos a pensar en hacer cosas en común y así se dio.

¿Cómo le resultó el aprendizaje del quichua?

            Sumamente difícil, yo hablo varios idiomas: alemán, dialecto suizo, inglés, francés, mas o menos italiano, hice mi bachillerato en Suiza, mi carrera universitaria, pero eso lo aprendí a más tardar hasta los veinti tantos años; por eso no creo que sea muy representativo, porque la capacidad de aprender idiomas va disminuyendo con los años. Yo empecé a aprender quichua a los 50, a mi me interesaba el quichua porque era un idioma que no tenía nada que ver con los idiomas que conocía.

¿Cuál fue la primera impresión que tuvo de Santiago?

            El año que estudié con Mercedes (Palacio) había ido e hice el examen en la Universidad. Ella me llevó a Atamishqui, que no es el campo pero es un pueblo grande. Había leído mucho sobre el tema, la primera vez que fui si tuve una experiencia muy particular, porque en Santiago hay un tipo de vegetación con nombres en quichua. Cada animal y planta tiene su nombre, esos no los conocía y cuando fui a Atamishqui eso de pronto existía. Fue una experiencia muy sui generis, cuando uno conoce un mundo nomás por libros y de pronto uno hace un paseo a cuatro o cinco cuadras de donde está alojado y … ahí está ese mistol, los pájaros, ese mundo. Bueno, de Santiago una cosa que impacta a cualquiera -que va- es la pobreza.

¿Cómo surgió la idea de hacer un libro con textos en quichua?

            Creo que la idea la tuvimos con Mercedes de hacer un folleto para la celebración de los 550 años de la fundación de Santiago del Estero, y cada vez se fue refinando más el tema, finalmente dijimos: “bueno, vamos a ver si podemos hacer una antología de textos, de todo lo que existe desde el principio a lo más nuevo”. En el 2003, empezamos trabajando con temas pequeños que después terminaron en el libro “Sisa Pallana”. Tradujimos antología al quichua santiagueño, para demostrar lo versátil que puede ser la lengua. Por ejemplo, la diferencia de la literatura de Buenos Aires y la de Atamishqui es abismal.

¿Qué bibliografía utilizaron?       

            Hay un corpus muy limitado que no es accesible a todo el mundo. El libro “Estado actual del quichua santiagueño” es un libro del profesor Bravo –que se editó en el año 1963- en el cual recolectó textos orales, los grabó y luego los desgrabó. Hubo alguno más, que ya estaban casi olvidados, en el año 53, un señor que se llamaba José Antonio Sosa, escribió un poema épico inspirado en el Martín Fierro y escribió algunas vidalas. Era un personaje muy interesante porque era comisario de Atamishqui pero al mismo tiempo era curandero, peronista fanático, farmacéutico y escultor. No lo quería todo el mundo porque era salamanquero, tenía una relación con el diablo. Esa relación la explicita un poco en su obra.

 Sisa Pallana (recolección de textos)

            En Sisa Pallana hay textos coloniales, en quechua calchaquí, catamarqueño y puneños jujeños, esto para dar un contexto.  Poesía tradicional anónima, coplas, rimas, adivinanzas, letras para música, eso si es lo que más hay, porque Santiago tiene un lugar muy especial en el Folklore argentino y poesía épica de José Antonio Sosa, (también) tomamos cosas de Bravo. Hay obritas de teatro de Carlos Maldonado que se hicieron en (el) teatro popular en Atamishqui.  Luego el quichua como  lengua de uso, textos de no ficción por ejemplo el uso del telar criollo. En los años 40, hubo un manifiesto del FRIP,  que era una de las organizaciones del Ejército Revolucionario del Pueblo  (ERP) en Santiago, muy cortos e interesantes. Muy bien escritos en quichua. Nosotros tenemos la fuerte sospecha de que fueron hechos por Vicente Salto, sobre todo por razones estilísticas, mas allá de que se le conocen sus simpatías izquierdistas.

¿Qué textos no entraron en este libro?

            Lo único que no entró fueron textos escritos en quichua por no quichuistas. Como los quichuistas son campesinos que no saben leer y ni escribir, hay gente que se hace cargo del quichua.  Hay una mentalidad de paternalismo, en la cual los que no saben leer ni escribir necesitan padrinos que les dicen como son las cosas. Hay gente que piensa que tiene que hablar por ellos, pero no sabe quichua o lo sabe muy precariamente, es más bien triste. Ni Mario ni yo queríamos meternos en eso, y dijimos: “dejemos eso mas bien afuera”.  Mario dijo que alguien comentó cuando se enteró que estábamos haciendo una antología de textos: “los quichuistas no saben escribir y los que saber escribir no saben quichua”. Es así.

Castañumanta Yuyayniy (Ni los años ni la distancia)

            Mario decía que tenía muchos textitos escritos y otros que no había escrito. Eran recuerdos de su infancia. Yo le decía: “Usted se acuerda que un día me contó tal o cual cosa, porque no la redacta” y (así) resultó el segundo libro, que es científicamente hablando menos ambicioso. No es una selección sino todo un corpus de recuerdos, de una sola persona que domina el idioma por escrito. Lo que pasa es que en los textos orales, es como si uno le pide a alguien en la calle que cuente un cuento, habrá falta de coordinación, de gramática, malos usos;  en cambio, esto está escrito por alguien que no solo domina el idioma sino que también lo relee y lo corrige. Son dos libros diferentes, uno es un libro de consulta y el otro es un libro para leer.

 Mario Tebes

            Tuve la suerte de encontrarme con Mario (Tebes), con quien pude compartir el trabajo, en términos ideales. Yo venía con cierto oficio, es decir, lo que él sabía yo no lo sabía y al revés. Nos necesitábamos mutuamente, y no había ninguna situación de competencia, sino por el contrario. Yo tenía una formación filológica sólida pero no tenía ni idea de quichua. El fue la única persona que más allá de hablar el idioma, como lo hablan todos los quichuistas, tenía una educación académica; por eso, es una gran pérdida, no hay quien lo  reemplace.

En Santiago, ¿Cuál fue el trabajo que hicieron con Mario?

            Mario tenía un hermano que es periodista, trabaja en un diario y es una persona que conoce a todo el mundo. Mejor imposible, me llevaba a todas partes, tenía una entrada fantástica. Los santiagueños son muy predispuestos con todo el mundo, muy amables.

¿Cómo fue la complementación con Mario Tebes en los dos libros?

            Sisa Pallana es de los dos, el más evidente, todo eso que son notas, donde conseguimos (los) textos, que textos hay, eso fue cosa de Mario. Después, yo fui aprendiendo pero Mario era un hombre ya muy mayor y había que incentivarlo, llamarlo: “Mario mire que quedamos para el próximo miércoles”. Él tenía en el mejor sentido de la palabra “un temperamento santiagueño”  (risas). Es decir, (Castañumanta Yuyayniy) es un libro netamente de Mario, en el que contribuí escribiendo la introducción, estando presente durante toda la gestión, en los textos, etc. Cuando murió fue una pena tremenda, él estaba trabajando en un diccionario español-quichua. Alguien tendría que concluirlo, no sé en que estado está, habría que editarlo y no se si habrá fondos para eso

Y… ¿Alguna vez investigó  lenguas aborigenes de Colombia?

            No, no en especial, como les dije yo estudié filosofía y me dediqué a la antigüedad e hice un doctorado sobre Cicerón.

En la actualidad ¿Sigue investigando el uso de la lengua quichua?

            Estoy dando un curso en Puan, los cursos que normalmente da Alejandro Lew. Siempre fui un poco reacio a dar cursos me gusta la investigación. En una época estuve muy activo, publicaba en el “Nuevo diario” de Santiago, tenía un espacio para publicar lo que quisiera, hacia ensayitos sobre el quichua santiagueño, presenté trabajos en congresos, estuve en Lima y en Bogotá con un trabajo sobre la Salamanca.

¿Cuál es la dificultad más visible en sus alumnos?

            El problema de aprender quichua y de todos estos idiomas es la falta de inserción institucional, no hay nada de apoyo. No hay nada con que asociar. La imagen que yo siempre utilicé cuando estaba aprendiendo es que un día uno no estudia, se va para atrás. Es como remar contra la corriente en un río. Ahora, ya no me pasa porque tiene arraigo en mí, pero me costó muchísimo, incluso los vocablos más fundamentales.

Los mapuches llaman al celular, pichi kulkul (pájaro hablador) ¿Qué opina acerca de la resignificación de los palabras?

            No, las palabras no se resignifican, hay préstamos, es decir, una lengua toma palabras de otra lengua. Yo quisiera saber si los mapuches del lado de Chile llaman al celular de la misma manera. No creo pero puede ser. En Santiago (del Estero), al celular se lo llama de la misma manera, eso es un préstamo.

Pero, ¿la resignificación no es parte de la evolución de la lengua?

            No, eso es un préstamo. Permanece estoico ante la insistencia respecto a la resignificación de las palabras, como parte de un proceso evolutivo. No cede, ya no habla e insiste, con voz pausada y tranquila: “es un préstamo”. El ejemplo que le dimos lo es, Atila Karlovich tiene razón.

 


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